Hoy me ha dado por pensar qué mal se me dio siempre borrar. Borrar mis errores. Borrar un trocido de vida.
Como cuando era pequeña y debía entregar un dibujo bonito a la profesora. Empezaba con el lápiz más bonito, el que más me gustaba. Empezaba el dibujo ilusionada porque creía tener el mejor lápiz del mundo y un minuto después, me daba cuenta de que un sol no lo podía pintar de rosa. Y tenía que borrar. Apretaba la goma contra aquel círculo con sonrisa una y otra vez, con tanta fuerza que a veces hasta se partía la goma. Pero siempre quedaba un rastro de pintura rosa. "No importa"-pensaba,-"pintaré encima con el amarillo y no se notará". Pero un error jamás se puede poner sobre otro.
Y entonces continuaba muy poco preocupada ya que un error lo tenía cualquiera y el dibujo iba a quedar precioso a pesar de aquel pequeño rastro de rosa. Y entonces cogía un verde precioso que también me encantaba y pensaba que el jardín de la casa iba a quedar perfecto con aquel color. Y apollaba la punta del lápiz sobre el folio ilusionada y, a la hora de la verdad, cuando pintaba, no era el mismo color de la envoltura de aquel trozo de madera. Era un verde mucho más feo de lo que quisiera tener en mi dibujo e intentaba borrarlo desesperadamente. Otro manchurrón verde se quedó en el folio sin poder ser borrado.
Más tarde, al pensar en el tejado de la casa miraba el bote de pinturas. Yo quería coger el lila, porque me gustaba mucho, pero pensaba que quizás sería mejor coger un marrón o un rojo para el tejado a pesar de que a mi no me convencía mucho. Todo por buscar coherencia en un dibujo lleno ya de manchurrones. Cogía el rojo con precaución ya sobre si pintaría igual que su envoltura por el accidente anterior y comenzaba a pintar. Y pintaba digustada porque el rojo no me gustaba y me estaba forzando a pintar con ese color. Y cuando quería borrarlo todo y volver atrás, no había lila que ocultara del todo su anterior presencia.
Y luego miraba el dibujo: estaba lleno de manchurrones que lo hacían más feo de lo que era. Y comprendía que me tomaba tan enserio dibujar que apretaba tanto los lápices contra el folio y luego no podía borrarlos.
E intentaba comprender que era mejor no intentar hacerlo tan bien, no apretar tanto de los lápices, no confiarse de los colores...
Pero entonces, dejé de pintar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario